Retornos


Le dio un disparo en el trasero abusando de la ocasión en que él se había agachado a reabrocharse la burra izquierda que por prescripción médica debía de llevar las agujetas flojas. El chorrito del grasoso ‘desodorante’ de coco que usaban en los baños se fue a vivir a la costura trasera del pantalón caqui del uniforme recién estrenado. Caín Amador sintió en la espalda la mirada arrepentida de su compañera quien encaramada sobre el torniquete del baño de hombres de la sala de Cuarta de aquella vieja central camionera permanecía congelada y roja.

-¿Qué me hiciste, Loca?
-Es que hueles feo…
-¡Claro que huelo feo, Claudia Martha! No sé si no lo notes, pero este tambo que voy llenando va repleto de papeles con caca ¿Qué esperabas?
-No lo digas así.
-Es lo que es -replicó con sabiduría de Güémez al tiempo que se retiraba fingiendo no sentir la humedad en la cola.

Pero no era lo que era. Caín Amador mentía por pena. Porque qué pena tener 19 años y aceptar que, media hora antes, por culpa de sus nulas habilidades físicas, al intentar vaciar el tambo se le zafó y éste fue a dar al fondo de basurero, tuvo que saltar al rescate del abollado cilindro dando pasos de bambi entre decenas -él dirá que miles- de nerviosas ratas.

-¡Claro que huelo feo, Claudia Martha! Tal vez ya lo notes, pero tuve que recuperar del basurero, de entre miles de ratas, al más pinche engarruñado y a la vez preciado tambo que hay aquí. El tambo de tambos, el que viaja en carrito, el tambo recolector. Dispárame una vez más. -Eso es lo que tenía que haber dicho, pero no lo dijo y no fue por pena sino que ni siquiera así lo pensó.

La relación con Claudia Martha se había vuelto cercana apenas un mes atrás. Coincidieron al doblar turno una seca y fría noche sin luna de diciembre. El movimiento policiaco desde la tarde era evidente, aunque lo escrito en diarios lo calificó de discreto. Aunque lo usual era reunirse con Ventura a comer de sus tacos dorados recalentados en su cochambroso, y tal vez tetánico, horno eléctrico en la bodega de los lockers, esa madrugada fueron a dar al casi siempre vacío y polvoso restaurante en la esquina que conectaba las salas de Primera y Segunda clase.

En la televisión de colores deslavados, una transmisión de ECO señalaba que pasaban de las tres de la mañana. En el gabinete estaban: El Niño, El Nuevo, Claudia Martha y Caín Amador. Reunidos con ellos tres vasos de unicel. El Niño no había ordenado nada. De hecho, ni siquiera estaba trabajando esa noche. Había dormido en la caseta de cobro del estacionamiento cancelado y a esas horas había salido a ‘pasiar’. Caín Amador orillaba con el dedo la nata de la leche con café para que al vaciarse el vaso ésta quedara impregnada de los restos de Nescafé no disuelto y sorberla como última acción. Su tarea se vio interrumpida por las ráfagas de ametralladora y el muy breve intercambio de disparos que se dio en la calle, a unos 60 metros, frente a la puerta tres. Policías y judiciales indistintamente entraban y salían cuando las sirenas de varias patrullas comenzaron a ulular.

Se acercaron con cierta emoción hasta los límites del estacionamiento en la entrada peatonal frente al hotel de cristales recién quebrados. Disfrutaron del picante olor de pólvora quemada que aún residía en el área. Caín Amador observaba a un señor que revisaba el taque de gas del puesto de tacos ahora rafagueado en el que él mismo había cenado apenas unas horas antes. Cenado es un decir. En realidad, a veces salía a la panadería de enfrente por dos bolillos recién horneados y enseguida pasaba a la taquería a que le rellenaran uno de ellos del bistec cortado en cubitos y bien sazonado que acostumbran comer en Pueblo Seco.

Terminaba la hora de comida. Tres de los cuatro tenían que regresar a sus respectivos puestos de trabajo. Claudia Martha, a pesar de portar tremendo suéter tejido encima del uniforme, alegó tener frío. Caín Amador, casi que por instinto la abrazó de lado para así seguir caminando. Ella recibió la atención enjutándose de brazos. ¿A poco ya son novios? Preguntó El niño con esa característica voz de niño: innecesariamente fuerte y burlona. ¡Claro que no! Tiene frío, ya oíste –respondió él- ¡Tú te callas! Por supuesto que sí -corrigió ella-

Claudia Martha tenía dos hijos, uno de ellos, el grande, se llamaba Adán, el pequeño, uno difuso siempre pegado a un “Como su Papá”. Pero su papá siempre era nombrado como “El Licenciado” o como “El Viejo ese”. El contador -porque en realidad era contador y no abogado- a veces la visitaba en el trabajo para darle el dinero de la pensión alimenticia. Un gutierritos de tonos verdes secos, corbata raída, se atisbaba detrás de los enormes lentes Oscuros RayBan. Con él, Claudia Martha siempre fue cortante y no parecía ser la Claudia Martha platicadora que hasta a los desconocidos solía extraer una risita con sus ocurrencias. El licenciado miraba con recelo a Ulises, ese afanador alto de cachucha pulcra, frases cortas del que todos aseguraban que de tanto tomar pulque de Ahualulco, su pueblo, se le habían aclarado los ojos. Ulises era el novio “del trabajo” de Claudia Martha. Porque por una nunca documentada costumbre todo mundo tenía pareja “del trabajo” además del mundo real.

El suéter tejido de Claudia Martha olía a talco de bebé, Caín amador lo olfateaba sin mayor malicia seguramente pensando que el estambre blanco no concordaba con las tareas de limpieza que le tocaba acompañar. A partir de esa noche Claudia Martha, se tomaba la licencia de recargarse, acurrucarse o tomar de la mano a Caín Amador. Tampoco se podría decir que fueron muchas, pues Caín Amador se había pasado al turno nocturno. Pero no dejaba de extrañarle éste apenas descubierto universo del poder femenino en el que, por ejemplo, las viejitas dominaban, incluso mejor que sus amigos, los albures y los aplicaban a diestra y siniestra, o le sorprendía que, en la reunión mensual del personal, las mujeres fueran las que respondían y retaban al nefastísimo Gerente Jefe. Las mujeres dominaban todo en el mundo y eran tan valientes, que fueron las únicas que se apuntaron en la red de apoyo del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional.

En enero, Caín Amador había decidido renunciar, el trabajo ya se iba a terminar poco a poco y para todos, pues ese año empezarían las liquidaciones para cerrar la gran central vieja y fea, para dar paso a la nueva pequeña y fea central. Además, había reprobado inglés y para recursarlo y no atrasarse, tendría que tomar el curso en el horario de la noche y no le quedaría ya más tiempo para ir trabajar.

Al final de la primera quincena pasó a renunciar y a cobrar, le descontaron lo del gafete porque lo quería de recuerdo y alegó haberlo perdido. “El uniforme lo dejas en la bodega, algún nuevo lo podrá usar” dijo la hija del gerente y administradora del fondo de ahorro. Afuera de la oficina Claudia Martha lo esperaba con evidente tristeza.

-Te acompaño a la parada.
-Pero te van a regañar si te sales.
-No me importa ¿Quién se va a dar cuenta?
-Las del estacionamiento.
-Te digo que no me importa ¿Vas a dejar el uniforme?
-Ni loco, es un recuerdo que me pienso quedar.

Bajaron por la escalera ancha de la sala de Primera, Claudia Martha lo tomó de la mano, Caín Amador simplemente se lo permitió. Atravesaron aquel restaurante de fantasmas, de asientos naranjas y de ventanas ensalitradas. En la última puerta de la sala de Tercera, apenas saliendo, se encontraron el Güero -el mayordomo del turno- quien encendía el primer cigarro de su segunda cajetilla del día y arrojaba el celofán a su recogedor de lata recargado en la cantera siempresucia de la fachada. Le preguntó a ella:

-¿A dónde crees que vas?
-Ay, Señor Güero, lo voy a dejar a su camión.
-¿Qué estás de a tiro muy chiquito, Chacón Junior -así le solía llamar-? No te juntes con esta Martha, que hasta pelón te va a dejar. Que bueno que ya te vas de la empresa, aquí no ibas a progresar.

Le dio la mano y se abrazaron como despedida. Caín Amador atrapó en su mente el momento haciendo del olor a cigarro, sudor y pinol, una cierta cédula de identidad. Claudia Marta interrumpió el registro:

- Sí me va a dejar ir a despedirlo ¿O qué?
- Anda llévatelo, pero no lo metas a un Bar.

Claudia Martha abrazó a Caín Amador, ahora de la cintura, él se dejó llevar. La parada del camión urbano en realidad estaba en la esquina así que no tardaron en llegar. No habían caminado ni cincuenta metros y ella ya había comenzado a llorar.

-Mira, ahí viene el que va para mi casa -Dijo ella.
-No quiero el Retornos, espero el Independencia -Caín Amador replicó.

Cuando el Independencia se asomaba azul con blanco una cuadra atrás, sin intermediar palabra Claudia Martha que seguía llorando le plantó un beso inesperado acompañado de un abrazo y un callado quejido: “Yo sé que nos vas a olvidar”

Ese fue el primer beso de Caín Amador: babas frías, lágrimas tibias y moquito furtivo. Un beso robado por una mujer de Retornos que le llevaba más de 10 años. Una mujer por la que no sentía nada, Desilusión total.


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